Testimonio Cristina San Román

TERESA ROSINGANA

Hace más de treinta años, tuve la enorme suerte de conocer a Teresa a través de un amigo de mi hermana Belén y, al instante descubrí que era una persona excepcional. Profundamente cristiana, solidaria y de una generosidad extrema, con unos valores tan profundos que nunca llegaron a tambalearse. Era como un árbol enorme y precioso, cuajado de múltiples ramas, estando su marido y sus hijos en las principales, y siendo una persona tan generosa, no dudó en incluirnos en esas ramas a todas las personas que conocía y nos quería. Trataba con todas las personalidades de Madrid, tanto políticas, como empresariales importantes y nunca, absolutamente nadie, le cerró las puertas de estos despachos. Era «una fuerza de la naturaleza» y ante esta fuerza todos sucumbíamos.

Inquieta ante las injusticias sociales y conocedora del panorama que tenía cerca, era lógico que crease la Asociación Nazaret, para ayudar a tantas y tantas personas que se encontraban en serias dificultades económicas y en régimen de exclusión social.

También cada verano me animaba a participar en el campamento de Cheste donde, gracias a ella, los niños podían disfrutar del mar, campeonatos y juegos que en Madrid no tenían. Nunca me animé a acompañarle y después, como siempre sucede, me arrepentí ya muy tarde.

Al poco tiempo empezamos con el tema de la lotería de Navidad, ella tuvo siempre muy claro que deseaba poder ayudar a las familias más necesitadas de San Blas. Nunca le importó ir a donde fuese con tal de entregar sus papeletas de lotería para no dejar de vender ni una. A Teresa no le daba pereza absolutamente nada, fuese la hora que fuese allí estaba, recogiendo y entregando cosas.

Al tener mucho trato cercano, pude varias veces hablar con ella de la enfermedad de su queridísimo Fernando. Una vez más esta mujer no se dejó llevar por la tristeza ni la pena, siguió trabajando intensamente como de costumbre. Al despedir a su marido, después de toda una vida juntos, siempre decía «Fernando me envía fuerzas para continuar».

Recuerdo cuando se puso malita, una vez más no dedicó ni un segundo en lamentaciones ni quejas, tiró para adelante, como decía siempre «hasta que el Señor me llame». Mi querida Teresa fuiste un regalo y un ejemplo a seguir para mí, descansa y disfruta de tu Fernando toda la eternidad.