Testimonio Francis

TERESA, ALGUIEN QUE ENTRA EN TU VIDA Y SE QUEDA

Calculo que sería vísperas de Navidad del año 77, quizás 78, no estoy segura. Pero en esos años, yo estaba en el Colegio que tenemos en la madrileña calle de Emilio Ferrari, tan sólo tres estaciones de metro nos separan de Simancas.
Por entonces (soy salesiana), animaba el grupo de Montañeras que teníamos en el Colegio y que salíamos hacer marchas con frecuencia, acampadas, campamentos de verano, etc. Pero en los grupos siempre hay crisis y en las mayores empezaba a escuchar: “es que a mí ya no me llena”, “necesito algo más…” y yo buscaba ese “algo más” que animara al grupo a crecer en compromiso y profundidad.
Un día, al volver de una reunión me llamó mi directora y me dijo: “Ha venido una señora a pedirme ayuda para la Campaña de Navidad, de una Asociación que tienen en San Blas, que se llama…” ¡No me acuerdo!, me dijo. Pero, siguió diciéndome, me ha llamado la atención lo que me decía y le he pedido el teléfono para que hable directamente contigo. Un poco escéptica la llamé y quedé con ella. Media hora de conversación fue suficiente para darme cuenta de que era una persona con un carisma especial y que lo que me estaba diciendo salía de un corazón lleno de amor hacia los más necesitados de su barrio.. Siguió la cadena y le dije a mis montañeras: Mañana va a venir a hablaros una señora que he conocido y que quiere que le echemos una mano en la Campaña de Navidad. Y ahí empezó toda la historia.
Campaña de Navidad en la que pasamos horas y horas reparando juguetes recogidos en grandes Colegios, envolviendo regalos, llevando comidas a familias de ese barrio, conociendo situaciones desconocidas para mis muchachas y para mí hasta entonces y fue el final de ese lamento “a mí ya no me llena”.
Siguiendo sus indicaciones, fuimos conociendo familias, situaciones muy difíciles, llevándoles no sólo cosas materiales sino nuestra compañía y apoyo. Empezamos a ir a buscar a niñas que estaban en internados y los llevábamos a sus casas los fines de semana y los recogíamos después para volver a dejarnos en sus “hogares” porque su familia natural no los cuidaba. Conocimos a una familia con tres hijos inválidos, jóvenes en sillas de ruedas, pero con una fuerza increíble… pasábamos tardes jugando con ellos al parchís, charlábamos y sentíamos que nuestras vivistas les hacían felices.
Cuando nos quedaba un rato libre durante la semana, se empezó a hacer rutina ir a casa de Teresa, guitarra en mano, cantar a voz en grito con ella nuestras canciones de montañeras, a cambio de rico vaso de café con leche, puesto sobre el hule de su mesa, pero con tanto cariño que era difícil decir adiós cuando se nos hacía tarde. Empezamos a conocer a Fernando, su marido, a sus hijos, sus vidas y aquella casa, unidas a las de las familias que visitábamos era algo ya de nuestro grupo.
Llegó el verano y con ello las Colonias de Sanlúcar, Tarifa, Castellón.
Teresa tenía, entre otras muchísimas cualidades, el arte de sacar dinero para los demás. Y yo lo comprobé en la forma que tenía de conseguir dinero, locales, acondicionarlos, comida, lo que hiciera falta.
Recuerdo que en las Colonias de verano que pude participar, yo era un poco “su ayudante”. La consigna era: a ningún niño le puede faltar nada. “Si ves que lleva una chancla rota… si ves que le falta algo… apunta”. Íbamos a comprar comida y si las peras estaban a 3, no os preocupéis que a Teresa se las dejaban a 1. Y es que abría la boca y convencía. He visto auténticos milagros. Tenía un fuego dentro que abrasaba al que se acercaba…
Cuántas cosas podría contar, pero creo que no podré extenderme demasiado.
Pasaron los años, me fui de ese barrio, luego fuera de Madrid, otra vez volví… Mis muchachas crecieron, se casaron, se fueron también del barrio algunas, pero sé que nombrar a Teresa es recordar una época de la vida muy especial.
Aunque no haya seguido la cercanía física, NUNCA he perdido el contacto con ella, he sabido de sus penas y alegrías, de sus logros y sus decepciones, de su salud y también de los momentos de debilidad. Sé que ella contaba conmigo y yo con ella para poder hablar de corazón a corazón. Éramos amigas y eso es el tesoro que dice el Evangelio.
He sabido del vuelo natural de sus hijos, del nacimiento de sus nietos, del comedor que abrió para dar comida a muchos mayores que vivían solos, de esa Asociación Nazaret que crecía, que se formalizaba a nivel oficial, que repartía comida y que escuchaba y daba consuelo a tanta gente. Por no hablar del apoyo escolar, de tantos y tantos voluntarios…
Y siempre con su humor, con su ánimo aun cuando su salud, posiblemente desgastada por el exceso de trabajo, por los madrugones para ir a Mercamadrid a buscar comida para darla a las pocas horas, etc. etc. empezaba a flaquear.
Estuve con ella en su casa, poco tiempo antes de su último ingreso en el hospital y a la llamada de su hijo Fernando para decirme que estaba peor, el día de la Inmaculada, fui corriendo a verla y estuve con ellos, acompañando sus últimos minutos. Le di un beso en la frente, sin que ella ya pudiera reconocerme, le puse una imagen de la Virgen entre sus manos, y supe que, cuando recibí la llamada de su hijo antes de que yo llegara a casa de vuelta, para decirme que acababa de fallecer, supe entonces que había llegado Teresa de San Blas al cielo. La Virgen, el precioso día de su fiesta, la habría acogido con un gran abrazo
Gracias, Teresa, por tu vida, por tu precioso ejemplo, por todo el bien que has hecho, por la riqueza de tu sencillez, por haber pasado por la vida haciendo el bien, sin mirar a quién, por la herencia que has dejado a tus hijos, por lo bien que ataste todos los hilos de la Asociación Nazaret para que siga creciendo y haciendo tanto bien en ese querido barrio de Madrid. Reza por nosotros.